jueves, 1 de noviembre de 2012

El Retorno del Virrey. Libro I


Libro Primero *

Érase una vez un reino que se encontraba al sur de otros países vecinos. El reino era amplio y por demás extenso; comenzaba en las montañas que albergaban nieves eternas, seguía por muchos kilómetros, tantos que llegaba hasta el mar… Cuando la nieve de algunas de las montañas se derretía empezaba a formar arroyos y lagos, y de estos nacían ríos que formaban fértiles valles hasta que desembocaban en el mar. En el reino había también zonas más áridas, menos pobladas, más alejadas de castillos y burgos.

En el puerto del reino se alzaba una torre alta, (tampoco taaaaaan alta) construida de ladrillos rojos como el sol al atardecer. Cuentan que, en los orígenes del reino, en la torre vivía el rey, y en las paredes de la torre tenía espejos que le contaban lo que pasaba en los distintos lugares del reino. De esta forma el rey siempre estaba al tanto de lo que pasaba en cada uno de sus feudos. Porque como tan grande era su reino necesitaba ayuda de otros nobles para gobernarlo. Virreyes y condes de sede informaban al rey de lo que pasaba y aguardaban a que llegaran sus órdenes.
Como cualquier otro monarca preocupado por la imagen que sus súbditos tenían de él (la imagen nomás, saber qué pensaban tanto no importaba) el rey pensó que podía convocar a los notables de cada virreinato para pedirles que eligieran al virrey que habría de acompañarlo en la coronación real. La coronación formaba parte de la estrategia del rey -más hábil en ardides que el divino Odiseo-. Un plan que parecía infalible. Proclamaría el fin de la monarquía y a través de unas emotivas elecciones se proclamaría Rector Imperial, ungido democráticamente, de modo que nadie pudiera objetar su gobierno. En el Virreinato costero y en el Virreinato de los valles reunió a  los Notables más eximios de cada feudo y les pidió que eligieran candidato a Virrey que les gustaría lo acompañase en la fórmula real, no sin dejar claro que agradecería le concediesen un voto de confianza a quienes eran entonces autoridades, pues eran hombres de su propia guardia; fieles y leales.
En el Virreinato de las Montañas, por el contrario, la situación era un poco más compleja. Además, por encontrarse lejos de los otros virreinatos no podían saber que en aquellos había más conflictos que los que eran informados en los edictos imperiales. Algunas de las lechuzas mensajeras eran interceptadas por un antiguo Paje del rey que pronto habría de convertirse en su adelantado. No obstante, en ese momento los/as adivinos del feudo no pudieron ver claramente el devenir y fue así que los notables intentaron acercarse para lograr un primer acuerdo. Sin embargo había entre los/as notables tales enconadas enemistades que no lograron producir un acuerdo. En aquel momento, algunos/as por convencimiento y otros/as con el objeto de sumar secuaces, los notables decidieron sumar al concilio a sus asistentes y otros notables de menor jerarquía. Como en tal jugada habíanse ampliado el número de defensores de unos y otros (salvo los del Apóstol San Aldo, que por ese entonces comenzó a ser denominado “el solitarense” ya que pocos adeptos pudo sumar a su proyecto) la discordia continuó aún sin resolverse. Nuevamente, guiados/as cada uno/a por distintos motivos decidieron convocar a otros plebeyos que, pese a no ser ciudadanos/as “en los papeles” si efectuaban labores fundamentales para el funcionamiento del feudo. Y de este modo, ampliación tras ampliación, el Concilio estamental creció y se amplió de los cerca de 20 miembros originales a alrededor de 200. (Continuará…)

* “El Retorno del Virrey” es una obra de ficción. Si las situaciones, personajes u otras cuestiones parecen reales, es pura coincidencia. Más aún si se trata de eventos ocurridos en el primer semestre del año 2011.

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