Érase una vez un reino que se encontraba al
sur de otros países vecinos. El reino era amplio y por demás extenso; comenzaba
en las montañas que albergaban nieves eternas, seguía por muchos kilómetros,
tantos que llegaba hasta el mar… Cuando la nieve de algunas de las montañas se
derretía empezaba a formar arroyos y lagos, y de estos nacían ríos que formaban
fértiles valles hasta que desembocaban en el mar. En el reino había también
zonas más áridas, menos pobladas, más alejadas de castillos y burgos.
En el puerto del
reino se alzaba una torre alta, (tampoco taaaaaan alta) construida de ladrillos
rojos como el sol al atardecer. Cuentan que, en los orígenes del reino, en la
torre vivía el rey, y en las paredes de la torre tenía espejos que le contaban
lo que pasaba en los distintos lugares del reino. De esta forma el rey siempre
estaba al tanto de lo que pasaba en cada uno de sus feudos. Porque como tan
grande era su reino necesitaba ayuda de otros nobles para gobernarlo. Virreyes
y condes de sede informaban al rey de lo que pasaba y aguardaban a que llegaran
sus órdenes.
Como cualquier otro
monarca preocupado por la imagen que sus súbditos tenían de él (la imagen
nomás, saber qué pensaban tanto no importaba) el rey pensó que podía convocar a
los notables de cada virreinato para pedirles que eligieran al virrey que
habría de acompañarlo en la coronación real. La coronación formaba parte de la
estrategia del rey -más hábil en ardides que el divino Odiseo-. Un plan que parecía
infalible. Proclamaría el fin de la monarquía y a través de unas emotivas
elecciones se proclamaría Rector Imperial, ungido democráticamente, de modo que
nadie pudiera objetar su gobierno. En el Virreinato costero y en el Virreinato
de los valles reunió a los Notables más
eximios de cada feudo y les pidió que eligieran candidato a Virrey que les
gustaría lo acompañase en la fórmula real, no sin dejar claro que agradecería le
concediesen un voto de confianza a quienes eran entonces autoridades, pues eran
hombres de su propia guardia; fieles y leales.
En el Virreinato de
las Montañas, por el contrario, la situación era un poco más compleja. Además,
por encontrarse lejos de los otros virreinatos no podían saber que en aquellos
había más conflictos que los que eran informados en los edictos imperiales.
Algunas de las lechuzas mensajeras eran interceptadas por un antiguo Paje del
rey que pronto habría de convertirse en su adelantado. No obstante, en ese
momento los/as adivinos del feudo no pudieron ver claramente el devenir y fue
así que los notables intentaron acercarse para lograr un primer acuerdo. Sin
embargo había entre los/as notables tales enconadas enemistades que no lograron
producir un acuerdo. En aquel momento, algunos/as por convencimiento y otros/as
con el objeto de sumar secuaces, los notables decidieron sumar al concilio a
sus asistentes y otros notables de menor jerarquía. Como en tal jugada habíanse
ampliado el número de defensores de unos y otros (salvo los del Apóstol San
Aldo, que por ese entonces comenzó a ser denominado “el solitarense” ya que
pocos adeptos pudo sumar a su proyecto) la discordia continuó aún sin
resolverse. Nuevamente, guiados/as cada uno/a por distintos motivos decidieron
convocar a otros plebeyos que, pese a no ser ciudadanos/as “en los papeles” si
efectuaban labores fundamentales para el funcionamiento del feudo. Y de este
modo, ampliación tras ampliación, el Concilio estamental creció y se amplió de
los cerca de 20 miembros originales a alrededor de 200. (Continuará…)
* “El Retorno del
Virrey” es una obra de ficción. Si las situaciones, personajes u otras
cuestiones parecen reales, es pura coincidencia. Más aún si se trata de eventos
ocurridos en el primer semestre del año 2011.


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